Un catedrático de Harvard vs una lavandera

Hace unos meses, en una pausa frente a una máquina de café, se planteó la recurrente discusión relativa a “cuota femenina sí-cuota femenina no”. Después de varias idas y venidas, un reputado abogado, que posiblemente se tiene como sensible a las cuestiones relativas al género femenino -en el país de los ciegos…-, planteó que él estaba en contra de las cuotas. Su razonamiento fue demoledor: si estoy buscando, por ejemplo, ponentes para un ciclo de conferencias, quiero que vengan los mejores y si tengo que elegir entre un catedrático de Harvard y una profesora asociada de la Universidad de La Almunia de Doña Godina, ¿por qué voy a tener que elegir a la señora de La Almunia sólo porque sea mujer?

(pausa dramática; rictus)

bob

Porque claro, lo fácil es acudir al reconocidísimo profesor de Harvard, pero ¿no habrá profesoras interesantes en Yale, LSE, Science Po, Tsinghua, Bolonia que estarían capacitadas para aportar valor añadido a la conferencia? ¿Sólo podemos acudir a la Universidad de La Almunia de Doña Godina para encontrar una mujer mínimamente competente? ¿No merece la pena esforzarse un poco por buscar y conocer a esas mujeres que, repartidas por el mundo, están también preparadas? Sin duda cuesta más encontrarlas, ya que hay menos. No es porque sean menos válidas, es porque están menos apoyadas. De ahí, las cuotas.

Las cuotas son necesarias, son el antibiótico necesario para una sociedad que todavía está enferma de machismo. El día en que haya paridad en los puestos directivos, tribunales, juntas de socios… las cuotas no serán necesarias; porque nadie toma amoxicilina si no está enfermo.

Por eso es interesante la lectura de esta entrevista a María Blasco (actual directora del Centro Nacional de Investigaciones Oncológicas) publicada recientemente en Jot Down. El razonamiento es sencillo, según María Blasco: “Se obliga a cumplir con un cupo porque hay una discriminación de facto. Las mujeres están discriminadas. No porque sean más tontas o sepan menos que los hombres. Es que no son igual de apoyadas ni están valoradas igual que los colegas masculinos”.

Nada más que añadir, Señoría.

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