Feminismo y ciudad

Este post es gracias a Angels y su historia la vamos a contar después. Pero, primero, merece la pena hacer una breve introducción teórica sobre las motivaciones del artículo. Sigue leyendo; merece la pena.

Claramente, no nos tenemos por poco sensibles a las problemáticas derivadas del género (si no, ¿qué estamos haciendo aquí?) pero, en el terreno del urbanismo, área a la que nos dedicamos algunos, los hay que seguíamos sin ver la trascendencia de esa perspectiva. Muy probablemente eso se debe a que quienes nos han guiado por la senda del urbanismo en nuestros inicios son hombres, muy tradicionales y, aunque ellos digan que no, claramente machistas. Todo esto no deja de ser curioso, cuando la gran referencia del urbanismo moderno es una mujer: la insigne y admirada Jane Jacobs.

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En todo caso, no hay como salir de tu pequeño caparazón e investigar un poco para entender el por qué de las cosas.

El por qué del discreto contenido de la Disposición Adicional Decimoctava de la Ley de Urbanismo de Cataluña, que exige que la Administración incorpore la perspectiva de género en su desarrollo reglamentario, para garantizar la promoción de la representación paritaria en la composición de los órganos colegiados que aprueban los planes urbanísticos (sorprendentemente, compuestos por hombres en su mayoría), así como la evaluación del impacto de la acción urbanística en función del género. También, el por qué del artículo 69 del Reglamento que desarrolla la citada Ley de Urbanismo, que exige que la Memoria Social de los planes incluya una evaluación del impacto de la ordenación en función del género para contribuir a la igualdad de oportunidades entre hombres y mujeres, con enumeración de los vectores que dicha Memoria deberá contener para la cumplir esta norma.

Sin embargo, nada de eso es suficiente porque, seamos francos, ningún abogado recurría un instrumento de planeamiento urbanístico por no incluir una reflexión sobre el género. Hasta ahora. El Tribunal Superior de Justicia de Madrid ha dictado en abril de 2017 una Sentencia en la que tira al suelo el Plan General de Boadilla del Monte por… (redoble de tambores): NO TENER PERSPECTIVA DE GÉNERO. Más allá de la interesante reflexión jurídica que realiza la sentencia en cuestión -que sólo nos interesa a los que nos dedicamos a esto- la Sentencia afirma la necesidad de esta reflexión dado que “debe examinarse también el obligado cumplimiento de manera activa del mandato de igualdad y no discriminación entre mujeres y hombres en el ámbito de la ordenación territorial y urbanística”. Así, por ejemplo, indica que los instrumentos deben considerar el impacto de género que estos instrumentos pueden tener al regular la ubicación y características de los viales y conexión de las calles con las escuelas, o la tipología edificatoria en relación con la seguridad pública y la prevención de agresiones sexuales a las mujeres.

Afortunadamente, no son pocos los medios que, poco a poco, se hacen eco de esta problemática, como por ejemplo este artículo publicado en El Diario hace unas semanas.

¡HOLA! ¿ALGUIEN SIGUE LEYENDO? Pues ahora viene la historia de Angels. Angels es una señora en paro que tiene dos hijos adolescentes. Es una mujer superviviente de violencia doméstica, con una orden de alejamiento dictada contra su exmarido. Busca trabajo a través de varias fundaciones que ayudan a mujeres en su jodida precaria situación. Así que, durante una visita para preparar una posible entrevista de trabajo como personal de limpieza, se le preguntó cuáles eran sus puntos débiles para ese trabajo. Dijo que el miedo. Desde una vida sin órdenes de alejamiento, entendemos que es el miedo a no triunfar, a que no salga el trabajo, a llevarnos mal con el jefe. Desde su perspectiva es miedo a ir a trabajar de madrugada a un área financiera llena de rascacielos y aislada de todo; miedo a esperar en una parada de autobús sin contacto visual con prácticamente ningún ser humano a las 5 de la madrugada; miedo a llegar a casa a última hora de una tarde invernal a través de una calle sin tiendas y sin iluminación.

Y esto, señoras y señores, es una de las manifestaciones del urbanismo con perspectiva de género.

 

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Un catedrático de Harvard vs una lavandera

Hace unos meses, en una pausa frente a una máquina de café, se planteó la recurrente discusión relativa a “cuota femenina sí-cuota femenina no”. Después de varias idas y venidas, un reputado abogado, que posiblemente se tiene como sensible a las cuestiones relativas al género femenino -en el país de los ciegos…-, planteó que él estaba en contra de las cuotas. Su razonamiento fue demoledor: si estoy buscando, por ejemplo, ponentes para un ciclo de conferencias, quiero que vengan los mejores y si tengo que elegir entre un catedrático de Harvard y una profesora asociada de la Universidad de La Almunia de Doña Godina, ¿por qué voy a tener que elegir a la señora de La Almunia sólo porque sea mujer?

(pausa dramática; rictus)

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Porque claro, lo fácil es acudir al reconocidísimo profesor de Harvard, pero ¿no habrá profesoras interesantes en Yale, LSE, Science Po, Tsinghua, Bolonia que estarían capacitadas para aportar valor añadido a la conferencia? ¿Sólo podemos acudir a la Universidad de La Almunia de Doña Godina para encontrar una mujer mínimamente competente? ¿No merece la pena esforzarse un poco por buscar y conocer a esas mujeres que, repartidas por el mundo, están también preparadas? Sin duda cuesta más encontrarlas, ya que hay menos. No es porque sean menos válidas, es porque están menos apoyadas. De ahí, las cuotas.

Las cuotas son necesarias, son el antibiótico necesario para una sociedad que todavía está enferma de machismo. El día en que haya paridad en los puestos directivos, tribunales, juntas de socios… las cuotas no serán necesarias; porque nadie toma amoxicilina si no está enfermo.

Por eso es interesante la lectura de esta entrevista a María Blasco (actual directora del Centro Nacional de Investigaciones Oncológicas) publicada recientemente en Jot Down. El razonamiento es sencillo, según María Blasco: “Se obliga a cumplir con un cupo porque hay una discriminación de facto. Las mujeres están discriminadas. No porque sean más tontas o sepan menos que los hombres. Es que no son igual de apoyadas ni están valoradas igual que los colegas masculinos”.

Nada más que añadir, Señoría.

Los términos sí importan

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Queremos empezar este blog explicando por qué utilizamos unos términos y no otros. Viniendo del mundo del Derecho, tenemos claro que las palabras importan y mucho, así que con este primer post nos centramos en qué queremos y qué no queremos transmitir. […y no nos referimos a los “todos y todas” ni a las “@” por todas partes…]

Primero: sobre los feminismos. Nos consideramos feministas, sí. Ni fresitas, ni feminazis, ni igualitaristas. No perseguimos un ideal matriarcal, ni creemos en un discurso de buenos y malos, pero la igualdad de género como objetivo es clarísimamente insuficiente. No se nos entienda mal: ¡ojalá existiera!, pero es que la igualdad en el mundo de los negocios siempre parte del parámetro masculino y, por tanto, el objetivo es, por pura biología, inalcanzable. Y como no queremos perseguir, también, esa zanahoria, dejémoslo en feminismo. El término es claro y todos sabemos que si la reivindicación existe es porque el río… agua lleva.

Segundo: sobre los machismos. Nuestra carta de presentación ya dice que no queremos denunciar delitos. La violencia machista es una lacra incomprensible en el siglo XXI contra la que expresamos nuestra denuncia más firme. Pero su mera existencia automáticamente resta importancia a los llamados micromachismos, que precisamente se califican de “micro” por comparación. Pues no. No son micro. Son absolutamente macro, porque existen en todos los sectores económicos y profesionales, porque violan un derecho constitucional y porque afectan a todas las mujeres (y familias) de este país. ¿Cómo puede calificarse de micro un fenómeno tan extendido? También aquí, dejémoslo en machismo.

Tercero: sobre el mundo de los negocios. ¿Por qué nos centramos en el mundo de las profesiones liberales y los negocios? Porque es el que conocemos y porque nos parece que están ahí especialmente extendidas las costumbres que bajo una falsa apariencia de educación o elegancia bendicen actitudes machistas o, en el mejor de los casos, las camuflan. Abrir la puerta para dejar paso a un colega o evitar los tacos en reuniones de trabajo deberían ser cuestiones de educación independientes del género. Institucionalizar los tacones, preguntar por las perspectivas familiares en entrevistas de trabajo o bromear abiertamente sobre las medidas de la última becaria o la mala leche de “la” jefa, no.

A partir de aquí, hablemos.