Cuidados sin género

Nuestro país -y me atrevería a hablar de nuestro continente-, lleva alrededor de diez años en crisis económica. Una crisis que, en lo que a nuestro entorno geográfico se refiere, se ha concentrado en un notable aumento del paro cuya cura ningún político o economista parece encontrar, con consecuencias catastróficas para muchas familias.

Este artículo publicado recientemente en Ctxt.es y escrito por Sara Menéndez Espina  (investigadora de Workforall, de la Universidad de Oviedo) realiza una interesante reflexión sobre las implicaciones del papel femenino en los cuidados familiares en el mercado laboral. Muy sintéticamente, y sin ánimo de reproducir el artículo, ya que merece una lectura detenida, Sara Menéndez señala que difícilmente se podrá alterar la tendencia de dicho mercado si se ignora su realidad. Y su realidad actualmente es que, habiéndose otorgado a ese trabajo doméstico la importancia que éste tiene -¡por fin!- sigue manteniéndose en el orden privado. Ello obliga a que, en palabras de la propia autora del artículo, la mitad de la población carga con el cuidado de los bebés, los niños y niñas pequeños, la alimentación de la familia, el mantenimiento del hogar, el cuidado de personas con enfermedades crónicas, con discapacidad, ancianos y ancianas, etc. intentando combinar esas tareas gratuitas con las exigencias de un mercado laboral hecho a medida de quienes no cuidan.

Como también dice el artículo, se trata de un problema estructural. Son (somos) las propias mujeres las que cargamos con dichos cuidados de forma natural, y son nuestros compañeros (incluso los más empáticos y feministas) los que delegan naturalmente en sus parejas dichas tareas. A menudo ni siquiera detectan la necesidad del cuidado.

Efectivamente, las políticas de conciliación son un paso; pero a estas alturas será necesario ya dar una zancada, por lo que es esencial realizar un análisis profundo y serio de un mercado laboral en el que se incluya el reconocimiento a unas tareas que actualmente son privadas y, por lo tanto, invisibles.

(Agradecimiento a uno de nuestros oteadores habituales por enviarnos este artículo: hemos vuelto de vacaciones).

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A ver… ¡dame ejemplos!

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Conversación de barra de bar entre compañeros de oficina que rondan la treintena (extractos basados en diálogos reales):

Él: Hoy ya no hay discriminación en la oficina. En otros sectores por supuesto que sí, y la violencia machista es claramente una lacra en este país, pero a nuestro nivel yo no veo discriminación.

Ella: ¡Y tanto que la ves! Todos los días. Quedarte embarazada es un problema, llegar a puestos de dirección es utópico, “hacerte escuchar” en reuniones es una batalla perdida, los comentarios sobre tu vestimenta (no tu trabajo) están a la orden del día…

Él: Eso son generalizaciones. Discriminar por quedarte embarazada está prohibido.

Ella: Sí, cualquier discriminación por género en el trabajo es contraria al artículo 14 de la Constitución; ergo, no hay discriminación en España. Muy bien, Sherlock.

Él: A ver, dame ejemplos concretos que hayas visto tú, sólo has mencionado anécdotas sin importancia. Has tenido siempre las mismas oportunidades que nosotros…

Ella: Déjalo…

Lo cierto es que en conversaciones de este tipo te acabas quedando sin ejemplos. Aparentemente “el día a día” no es suficiente y acabas dejando la conversación por pesadita y repetitiva. Por fortuna, no, nunca me han tocado el culo en el trabajo, nunca me he sentido directa y violentamente acosada, ni me he quedado embarazada, todavía. Al parecer, si no hay nada de eso, te quejas de vicio. Mira la tele y verás que todos los días muere alguien por violencia machista. Deja de quejarte por chorradas de oficina que no tienen trascendencia y alégrate si alguien se fija en tus bonitas piernas el día que llevas falda porque en unos años dejarán de fijarse y lo echarás de menos… (sic!)

Me he cansado de estas conversaciones, así que la próxima vez que alguien me pida ejemplos le diré que siga fijándose en su ombligo que claramente le da muchas alegrías y mucha tranquilidad de espíritu. Solo por zanjar el tema, a continuación van algunos datos reales que, por supuesto, generalizan… es lo que tienen las estadísticas:

  • En ningún país del mundo el salario medio de las mujeres supera el 80% del salario medio de los hombres (…¡ni en Finlandia!).
  • El éxito de los hombres se atribuye a su capacidad. El de las mujeres a las circunstancias, a su atractivo o a su esfuerzo. [Traducción: ¡Vamos! ¡Corre! Si eres guapa, inteligente, proactiva, mamá enrollada, simpática, atractiva, medio tiburón y además llevas minifalda, seguro que asciendes!! …tú sigue persiguiendo la zanahoria]
  • Experimento sociológico: ante un texto científico idéntico los evaluadores, hombres y mujeres, otorgan una puntuación mayor si creen que su autor se llama Juan en vez de Juana.
  • En el mundo académico, dentro de la misma categoría y con los mismos años y méritos, las mujeres cobran de media 3.000 euros brutos anuales menos que los hombres.
  • Suecia, 1995: las mujeres necesitaban 3 publicaciones más que los hombres en las mismas revistas de prestigio para ser juzgadas igual de competentes que ellos. […¿cuál sería el resultado del estudio en España, hoy?].

Estos son sólo algunos de los datos que nos ofrecen Maria Àngels Viladot y Melanie Caroline Steffens en “Estereotipos de género en el trabajo“. Datos, no especulaciones. ¡Gracias por una investigación brillante!

Los términos sí importan

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Queremos empezar este blog explicando por qué utilizamos unos términos y no otros. Viniendo del mundo del Derecho, tenemos claro que las palabras importan y mucho, así que con este primer post nos centramos en qué queremos y qué no queremos transmitir. […y no nos referimos a los “todos y todas” ni a las “@” por todas partes…]

Primero: sobre los feminismos. Nos consideramos feministas, sí. Ni fresitas, ni feminazis, ni igualitaristas. No perseguimos un ideal matriarcal, ni creemos en un discurso de buenos y malos, pero la igualdad de género como objetivo es clarísimamente insuficiente. No se nos entienda mal: ¡ojalá existiera!, pero es que la igualdad en el mundo de los negocios siempre parte del parámetro masculino y, por tanto, el objetivo es, por pura biología, inalcanzable. Y como no queremos perseguir, también, esa zanahoria, dejémoslo en feminismo. El término es claro y todos sabemos que si la reivindicación existe es porque el río… agua lleva.

Segundo: sobre los machismos. Nuestra carta de presentación ya dice que no queremos denunciar delitos. La violencia machista es una lacra incomprensible en el siglo XXI contra la que expresamos nuestra denuncia más firme. Pero su mera existencia automáticamente resta importancia a los llamados micromachismos, que precisamente se califican de “micro” por comparación. Pues no. No son micro. Son absolutamente macro, porque existen en todos los sectores económicos y profesionales, porque violan un derecho constitucional y porque afectan a todas las mujeres (y familias) de este país. ¿Cómo puede calificarse de micro un fenómeno tan extendido? También aquí, dejémoslo en machismo.

Tercero: sobre el mundo de los negocios. ¿Por qué nos centramos en el mundo de las profesiones liberales y los negocios? Porque es el que conocemos y porque nos parece que están ahí especialmente extendidas las costumbres que bajo una falsa apariencia de educación o elegancia bendicen actitudes machistas o, en el mejor de los casos, las camuflan. Abrir la puerta para dejar paso a un colega o evitar los tacos en reuniones de trabajo deberían ser cuestiones de educación independientes del género. Institucionalizar los tacones, preguntar por las perspectivas familiares en entrevistas de trabajo o bromear abiertamente sobre las medidas de la última becaria o la mala leche de “la” jefa, no.

A partir de aquí, hablemos.