Cuidados sin género

Nuestro país -y me atrevería a hablar de nuestro continente-, lleva alrededor de diez años en crisis económica. Una crisis que, en lo que a nuestro entorno geográfico se refiere, se ha concentrado en un notable aumento del paro cuya cura ningún político o economista parece encontrar, con consecuencias catastróficas para muchas familias.

Este artículo publicado recientemente en Ctxt.es y escrito por Sara Menéndez Espina  (investigadora de Workforall, de la Universidad de Oviedo) realiza una interesante reflexión sobre las implicaciones del papel femenino en los cuidados familiares en el mercado laboral. Muy sintéticamente, y sin ánimo de reproducir el artículo, ya que merece una lectura detenida, Sara Menéndez señala que difícilmente se podrá alterar la tendencia de dicho mercado si se ignora su realidad. Y su realidad actualmente es que, habiéndose otorgado a ese trabajo doméstico la importancia que éste tiene -¡por fin!- sigue manteniéndose en el orden privado. Ello obliga a que, en palabras de la propia autora del artículo, la mitad de la población carga con el cuidado de los bebés, los niños y niñas pequeños, la alimentación de la familia, el mantenimiento del hogar, el cuidado de personas con enfermedades crónicas, con discapacidad, ancianos y ancianas, etc. intentando combinar esas tareas gratuitas con las exigencias de un mercado laboral hecho a medida de quienes no cuidan.

Como también dice el artículo, se trata de un problema estructural. Son (somos) las propias mujeres las que cargamos con dichos cuidados de forma natural, y son nuestros compañeros (incluso los más empáticos y feministas) los que delegan naturalmente en sus parejas dichas tareas. A menudo ni siquiera detectan la necesidad del cuidado.

Efectivamente, las políticas de conciliación son un paso; pero a estas alturas será necesario ya dar una zancada, por lo que es esencial realizar un análisis profundo y serio de un mercado laboral en el que se incluya el reconocimiento a unas tareas que actualmente son privadas y, por lo tanto, invisibles.

(Agradecimiento a uno de nuestros oteadores habituales por enviarnos este artículo: hemos vuelto de vacaciones).

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“Best Female Chef”: la delgada línea entre el reconocimiento y la condescendencia

Hace algunos días el New York Times publicaba un artículo sobre la chef francesa Dominique Crenn a quien le dieron el galardón de “Best Female Chef” el año pasado (la ganadora de este año y las de años anteriores las encontraréis aquí).

Seguro que los méritos de Dominique son muchos y más que merecedores de este y otros reconocimientos. Si algún día vamos a su restaurante de San Francisco, intentaremos tener opinión propia, pero vamos a lo que realmente nos llama la atención del artículo del NY Times.

Algunos de los más prestigiosos jueces, críticos, etcétera de este ultra competitivo mundo de la alta cocina sueltan maravillas de este nivel: “cocina como un hombre”, “si ha llegado hasta aquí es porque tiene talento y trabaja duro, pero no nos engañemos, también porque tiene un enorme carisma, es guapa y tiene acento francés”. Ambas perlas vienen del crítico gastronómico Michael Bauer del San Francisco Chronicle.

No acabamos de saber si el Sr. Bauer está de acuerdo o no con el galardón. Si lo está, flaco favor hace a la pobre Dominique resaltando su belleza cuando valora su profesión. Y si lo que quiere decir es que la alta cocina es un mundo de hombres al que desgraciadamente solo se llega siendo guapa y, mejor aún, francesa, podría haber buscado un mecanismo algo más efectivo de denuncia.

De hecho, las críticas al galardón vienen de largo y se han repetido este año. Y con ellas la clásica disyuntiva entre la necesidad de dar un “premio extra” para visibilizar a las mujeres bajo el techo de cristal o dejar que compitan en (teórica) igualdad de condiciones en un mundo de hombres, controlado por hombres y premiado por hombres. Un mundo en el que, una vez más, sólo se da un caramelito a las mujeres especialmente luchadoras, especialmente fuertes y especialmente “masculinas” (no usamos el término en sentido peyorativo, sino refiriéndonos a la imagen típicamente “masculina” del triunfador). ¡Cuánto nos recuerda esto a las cuotas!

Nos encanta la comida, nos encanta la cocina, y nos encanta que ambas estén de moda. ¿De verdad que también aquí tenemos que tragarnos que los hombres juegan en otra liga?

Un catedrático de Harvard vs una lavandera

Hace unos meses, en una pausa frente a una máquina de café, se planteó la recurrente discusión relativa a “cuota femenina sí-cuota femenina no”. Después de varias idas y venidas, un reputado abogado, que posiblemente se tiene como sensible a las cuestiones relativas al género femenino -en el país de los ciegos…-, planteó que él estaba en contra de las cuotas. Su razonamiento fue demoledor: si estoy buscando, por ejemplo, ponentes para un ciclo de conferencias, quiero que vengan los mejores y si tengo que elegir entre un catedrático de Harvard y una profesora asociada de la Universidad de La Almunia de Doña Godina, ¿por qué voy a tener que elegir a la señora de La Almunia sólo porque sea mujer?

(pausa dramática; rictus)

bob

Porque claro, lo fácil es acudir al reconocidísimo profesor de Harvard, pero ¿no habrá profesoras interesantes en Yale, LSE, Science Po, Tsinghua, Bolonia que estarían capacitadas para aportar valor añadido a la conferencia? ¿Sólo podemos acudir a la Universidad de La Almunia de Doña Godina para encontrar una mujer mínimamente competente? ¿No merece la pena esforzarse un poco por buscar y conocer a esas mujeres que, repartidas por el mundo, están también preparadas? Sin duda cuesta más encontrarlas, ya que hay menos. No es porque sean menos válidas, es porque están menos apoyadas. De ahí, las cuotas.

Las cuotas son necesarias, son el antibiótico necesario para una sociedad que todavía está enferma de machismo. El día en que haya paridad en los puestos directivos, tribunales, juntas de socios… las cuotas no serán necesarias; porque nadie toma amoxicilina si no está enfermo.

Por eso es interesante la lectura de esta entrevista a María Blasco (actual directora del Centro Nacional de Investigaciones Oncológicas) publicada recientemente en Jot Down. El razonamiento es sencillo, según María Blasco: “Se obliga a cumplir con un cupo porque hay una discriminación de facto. Las mujeres están discriminadas. No porque sean más tontas o sepan menos que los hombres. Es que no son igual de apoyadas ni están valoradas igual que los colegas masculinos”.

Nada más que añadir, Señoría.